Habituada a conocer, según consideraba su obligación docente, el contexto de sus alumnos, de modo de atender a sus necesidades educativas de forma personalizada, La Profesora Ciencias de la E. se ocupó de recabar información acerca de los orígenes de la trava. Fue en esa suerte de instancia diagnóstica que la docente tuvo a bien enterarse que Carol, nombre de batalla de la susodicha, en realidad y a juzgar por su DNI, se llamaba José Ramón Guerra de la Sota. Guerra, por parte de madre y de la Sota, por el padre. Pero puesto que la profesora sospechaba que la Trava fabulaba sobre sus orígenes, averiguó que el doble apellido de la Señorita Guerra, había sido elegido por ella misma siendo adolescente.
Según se rumoreaba en el barrio el padre de José después de hacer su aporte fecundo se borró por completo de la embarazosa escena, dejando por única huella el germen de Carol. Pero como ningún acto deshonesto permanece impune para siempre, Pepito Ramo, como le llamaba de niño la mamá a su pimpollo, se encargó de localizar al fugado progenitor. A la profesora le contaron las vecinas que Pepito siempre había sido muy inquieto y curioso y que durante la pubertad se volvió un chico de armas tomar, lo cual le valió que sus compañeros del Colegio para Varoncitos: El Beato Pedro, lo apodaran “Pepita la pistolera”.
Por lo que se sabe, Pepe, que pareció tener muy clara la importancia del sentido de la identidad desde muy chico, logró que su padre biológico lo reconozca a los 15 años. Según cuentan las malas lenguas el mismo día de su cumpleaños salió a la calle, bien bebido y mal vestida con un disfraz de quinceañera, se presentó a una cita a ciegas que había planeado con su padre biológico, cuyo msn supo oportunamente conseguir. Una vez en el lugar, la placita frente al registro civil, amenazó a punta de navaja al Sr. De la Sota para entrar al registro y darle lo que le correspondía: el apellido paterno; no porque le gustara sino porque en el pueblo, la hazaña, le daría su merecido reconocimiento. De todos modos, Carol, conservó el apellido de soltera de su madre –Guerra- con el cual se sentía más identificada.
Y fue precisamente que harta de la guerra de cada día acudió en busca de ayuda a lo de una maga, con la esperanza de escuchar una palabra de aliento, algún vaticinio que le pronosticara que en un futuro, no demasiado remoto, hallaría un poco de paz.
Pero lejos de su deseo la Maga, ofuscada de la vida, la sentenció con las peores desgracias imaginables para una trava como que quedaría calva. Es que “quien mal anda mal acaba”, decía la Rot, y la Trava andaba de farra en farra y en parranda tras parranda.
La Perturbada. Performance
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*Presentación en sociedad de La Perturbada.*
Autor: Gabriel Cimaomo
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