El Cotolengo está de Fiesta.


La Maga le hizo entrega de una lechuza de Minerva, lo cual el Erudito consideró una exquisitez aunque por motivos que nada tenían que ver con la superstición de la susodicha. Estudioso de Hegel como era, entendió que así como la lechuza de Minerva se echa a volar en el crepúsculo cuando ya el día está acabado, la tarea de los filósofos y por extensión la de los docentes no es establecer cómo deberían ser las cosas sino volar más bajo y explicar cómo son en realidad.


Elvi Rot, su madre, consecuente con su vocación nutricia y educadora le regaló una manzana. La Prof. Ciencias de la E. al igual que su hermano detestaba las manzanas, seguramente debido a la insistencia de su progenitora durante toda la vida respecto a las innúmeras bondades del fruto. Así que la Srta. de la E. aprovechó la sesión de psicoarte para intervenirla y resemantizarla: la lustró, la apuñaló con una cuchilla y le vació sobre el tajo la pintura para uñas que le había regalado la Trava, cual sangre derramada. Y como si fuera poco publicó en su blog un texto titulado: Diatriba a mi Madre o Repudio a la Manzana, de quién sabe qué loco como ella.

Son varios los menganos que ejercieron la docencia hasta jubilarse anticipadamente debido a problemas de salud mental, recluyéndose en el hospicio para artistas de clausura.
La Srta. Lilí, alias la Perturbada, egresó hace muchos años de la escuela de artes visuales y tras un breve lapso en el que ejerció la docencia como maestra de dibujo de una escuela primaria colapsó después de una hora de plástica en la que dio como consigna: “Hoy collage; tema libre”, lo cual los niños interpretaron como hora libre haciendo del aula un auténtico carnaval a juzgar por la cantidad de papel picado y pomos vacíos de témpera que quedaron esparcidos por toda la sala y los disfraces en los que convirtieron sus guardapolvos y el de la propia docente.
El Erudito Benito también tuvo su paso por las aulas magnas de distintas casas de altos estudios de las que un día y sin previo aviso se retiró harto de responder siempre las mismas preguntas para dedicarse a la investigación y a la escritura.
Pero quien se llevó todos los laureles fue sin lugar a dudas la Profesora Ciencias de la E. Educadora de futuros docentes como había sido, jamás tomó contacto directo con la niñez excepto con la suya propia y la de su hermano debido a la poca paciencia que siempre le tuvo a los chicos. No obstante, fue la gran agasajada en el Cotolengo recibiendo regalos de cada uno de los miembros de la institución.
Sor Raimunda, le obsequió una estampita con una serie de angelitos rematados con una cita: “Dejad que los niños vengan a mi”. La Señorita de la E. la recibió cortésmente mientras hacía gancho con la mano desocupada para que jamás sucediera semejante invasión.
La Srta. Lilí, alias la Perturbada, egresó hace muchos años de la escuela de artes visuales y tras un breve lapso en el que ejerció la docencia como maestra de dibujo de una escuela primaria colapsó después de una hora de plástica en la que dio como consigna: “Hoy collage; tema libre”, lo cual los niños interpretaron como hora libre haciendo del aula un auténtico carnaval a juzgar por la cantidad de papel picado y pomos vacíos de témpera que quedaron esparcidos por toda la sala y los disfraces en los que convirtieron sus guardapolvos y el de la propia docente.
El Erudito Benito también tuvo su paso por las aulas magnas de distintas casas de altos estudios de las que un día y sin previo aviso se retiró harto de responder siempre las mismas preguntas para dedicarse a la investigación y a la escritura.
Pero quien se llevó todos los laureles fue sin lugar a dudas la Profesora Ciencias de la E. Educadora de futuros docentes como había sido, jamás tomó contacto directo con la niñez excepto con la suya propia y la de su hermano debido a la poca paciencia que siempre le tuvo a los chicos. No obstante, fue la gran agasajada en el Cotolengo recibiendo regalos de cada uno de los miembros de la institución.
Sor Raimunda, le obsequió una estampita con una serie de angelitos rematados con una cita: “Dejad que los niños vengan a mi”. La Señorita de la E. la recibió cortésmente mientras hacía gancho con la mano desocupada para que jamás sucediera semejante invasión.

La Trava que sabía reconocer la elegancia cuando la veía, le regaló un esmalte de uñas rojo y un finísimo collar de perlas de plástico en composé.

La Maga le hizo entrega de una lechuza de Minerva, lo cual el Erudito consideró una exquisitez aunque por motivos que nada tenían que ver con la superstición de la susodicha. Estudioso de Hegel como era, entendió que así como la lechuza de Minerva se echa a volar en el crepúsculo cuando ya el día está acabado, la tarea de los filósofos y por extensión la de los docentes no es establecer cómo deberían ser las cosas sino volar más bajo y explicar cómo son en realidad.

El Erudito, su hermano, le dedicó unas palabras en el acto de celebración por el día del maestro recordando a quien fuera la primer Seño de dibujo de ambos en la escuela primaria que tituló Acerca de síndromes, delirios y otros rigores y que publicó en su blog para quien se anime a leerlo.
Pai Nando, por su parte, le ofreció la carta de la suerte de su verde oráculo: el trébol de cuatro hojas, augurándole de este modo un futuro próspero. Mas hete aquí que la docente, en lo que podría interpretarse como un acto fallido, al cortar el mazo dejó caer la carta que en verdad le correspondía: la de la lora, a juzgar por su tendencia a interesarse excesivamente por el contexto de sus educandos. Dicha carta advierte entre otras cosas que “repetir alegremente lo que te dicen y darte al cotorreo no te hace buena fama. Y que pensar antes de hablar y reflexionar antes de actuar minimiza el riesgo de que se vaya todo a los genitales de la periquita.”
Pai Nando, por su parte, le ofreció la carta de la suerte de su verde oráculo: el trébol de cuatro hojas, augurándole de este modo un futuro próspero. Mas hete aquí que la docente, en lo que podría interpretarse como un acto fallido, al cortar el mazo dejó caer la carta que en verdad le correspondía: la de la lora, a juzgar por su tendencia a interesarse excesivamente por el contexto de sus educandos. Dicha carta advierte entre otras cosas que “repetir alegremente lo que te dicen y darte al cotorreo no te hace buena fama. Y que pensar antes de hablar y reflexionar antes de actuar minimiza el riesgo de que se vaya todo a los genitales de la periquita.”

Elvi Rot, su madre, consecuente con su vocación nutricia y educadora le regaló una manzana. La Prof. Ciencias de la E. al igual que su hermano detestaba las manzanas, seguramente debido a la insistencia de su progenitora durante toda la vida respecto a las innúmeras bondades del fruto. Así que la Srta. de la E. aprovechó la sesión de psicoarte para intervenirla y resemantizarla: la lustró, la apuñaló con una cuchilla y le vació sobre el tajo la pintura para uñas que le había regalado la Trava, cual sangre derramada. Y como si fuera poco publicó en su blog un texto titulado: Diatriba a mi Madre o Repudio a la Manzana, de quién sabe qué loco como ella.

La Perturbada, que al parecer había sido maestra de dibujo antes de su ingreso al cotolengo, le obsequió uno de sus tesoros más preciados, un long play con la banda sonora de aquella emblemática tira que de niña despertó su vocación docente: “Señorita Maestra”. Es que la Srta. Lilí, como la llamaban sus alumnos antes de bautizarla con el mote de La Perturbada que justificó su ingreso al cotolengo, siempre se sintió identificada con el encanto y la dulzura de Jacinta Pichimahuida.
La Profesora de la E. dura como un busto de Sarmiento dejó caer una lágrima. Nadie supo bien si su reacción se debió a la gran emoción o la profunda impotencia.

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