
24.9.09
11.9.09
11.09.09 Día del Maestro
La Srta. Lilí, alias la Perturbada, egresó hace muchos años de la escuela de artes visuales y tras un breve lapso en el que ejerció la docencia como maestra de dibujo de una escuela primaria colapsó después de una hora de plástica en la que dio como consigna: “Hoy collage; tema libre”, lo cual los niños interpretaron como hora libre haciendo del aula un auténtico carnaval a juzgar por la cantidad de papel picado y pomos vacíos de témpera que quedaron esparcidos por toda la sala y los disfraces en los que convirtieron sus guardapolvos y el de la propia docente.
El Erudito Benito también tuvo su paso por las aulas magnas de distintas casas de altos estudios de las que un día y sin previo aviso se retiró harto de responder siempre las mismas preguntas para dedicarse a la investigación y a la escritura.
Pero quien se llevó todos los laureles fue sin lugar a dudas la Profesora Ciencias de la E. Educadora de futuros docentes como había sido, jamás tomó contacto directo con la niñez excepto con la suya propia y la de su hermano debido a la poca paciencia que siempre le tuvo a los chicos. No obstante, fue la gran agasajada en el Cotolengo recibiendo regalos de cada uno de los miembros de la institución.
Sor Raimunda, le obsequió una estampita con una serie de angelitos rematados con una cita: “Dejad que los niños vengan a mi”. La Señorita de la E. la recibió cortésmente mientras hacía gancho con la mano desocupada para que jamás sucediera semejante invasión.


La Maga le hizo entrega de una lechuza de Minerva, lo cual el Erudito consideró una exquisitez aunque por motivos que nada tenían que ver con la superstición de la susodicha. Estudioso de Hegel como era, entendió que así como la lechuza de Minerva se echa a volar en el crepúsculo cuando ya el día está acabado, la tarea de los filósofos y por extensión la de los docentes no es establecer cómo deberían ser las cosas sino volar más bajo y explicar cómo son en realidad.

Pai Nando, por su parte, le ofreció la carta de la suerte de su verde oráculo: el trébol de cuatro hojas, augurándole de este modo un futuro próspero. Mas hete aquí que la docente, en lo que podría interpretarse como un acto fallido, al cortar el mazo dejó caer la carta que en verdad le correspondía: la de la lora, a juzgar por su tendencia a interesarse excesivamente por el contexto de sus educandos. Dicha carta advierte entre otras cosas que “repetir alegremente lo que te dicen y darte al cotorreo no te hace buena fama. Y que pensar antes de hablar y reflexionar antes de actuar minimiza el riesgo de que se vaya todo a los genitales de la periquita.”

Elvi Rot, su madre, consecuente con su vocación nutricia y educadora le regaló una manzana. La Prof. Ciencias de la E. al igual que su hermano detestaba las manzanas, seguramente debido a la insistencia de su progenitora durante toda la vida respecto a las innúmeras bondades del fruto. Así que la Srta. de la E. aprovechó la sesión de psicoarte para intervenirla y resemantizarla: la lustró, la apuñaló con una cuchilla y le vació sobre el tajo la pintura para uñas que le había regalado la Trava, cual sangre derramada. Y como si fuera poco publicó en su blog un texto titulado: Diatriba a mi Madre o Repudio a la Manzana, de quién sabe qué loco como ella.

1.9.09
Averiguación de antecedentes para el diagnóstico docente
Habituada a conocer, según consideraba su obligación docente, el contexto de sus alumnos, de modo de atender a sus necesidades educativas de forma personalizada, La Profesora Ciencias de la E. se ocupó de recabar información acerca de los orígenes de la trava. Fue en esa suerte de instancia diagnóstica que la docente tuvo a bien enterarse que Carol, nombre de batalla de la susodicha, en realidad y a juzgar por su DNI, se llamaba José Ramón Guerra de la Sota. Guerra, por parte de madre y de la Sota, por el padre. Pero puesto que la profesora sospechaba que la Trava fabulaba sobre sus orígenes, averiguó que el doble apellido de la Señorita Guerra, había sido elegido por ella misma siendo adolescente.
Según se rumoreaba en el barrio el padre de José después de hacer su aporte fecundo se borró por completo de la embarazosa escena, dejando por única huella el germen de Carol. Pero como ningún acto deshonesto permanece impune para siempre, Pepito Ramo, como le llamaba de niño la mamá a su pimpollo, se encargó de localizar al fugado progenitor. A la profesora le contaron las vecinas que Pepito siempre había sido muy inquieto y curioso y que durante la pubertad se volvió un chico de armas tomar, lo cual le valió que sus compañeros del Colegio para Varoncitos: El Beato Pedro, lo apodaran “Pepita la pistolera”.
Por lo que se sabe, Pepe, que pareció tener muy clara la importancia del sentido de la identidad desde muy chico, logró que su padre biológico lo reconozca a los 15 años. Según cuentan las malas lenguas el mismo día de su cumpleaños salió a la calle, bien bebido y mal vestida con un disfraz de quinceañera, se presentó a una cita a ciegas que había planeado con su padre biológico, cuyo msn supo oportunamente conseguir. Una vez en el lugar, la placita frente al registro civil, amenazó a punta de navaja al Sr. De la Sota para entrar al registro y darle lo que le correspondía: el apellido paterno; no porque le gustara sino porque en el pueblo, la hazaña, le daría su merecido reconocimiento. De todos modos, Carol, conservó el apellido de soltera de su madre –Guerra- con el cual se sentía más identificada.
Y fue precisamente que harta de la guerra de cada día acudió en busca de ayuda a lo de una maga, con la esperanza de escuchar una palabra de aliento, algún vaticinio que le pronosticara que en un futuro, no demasiado remoto, hallaría un poco de paz.
Pero lejos de su deseo la Maga, ofuscada de la vida, la sentenció con las peores desgracias imaginables para una trava como que quedaría calva. Es que “quien mal anda mal acaba”, decía la Rot, y la Trava andaba de farra en farra y en parranda tras parranda.
